LA RAZÓN EN COMBATE

Por Julio María Sanguinetti 

 

Una tormenta de reflexiones nos asalta ante la muerte de Jean Francois Revel, ese francés insustituible que usó la razón cartesiana del ateo que era para combatir con fe religiosa por la libertad política y asaltar como un cruzado las murallas del pensamiento autoritario. Un francés  que nació a la vida cívica en la resistencia a la ocupación nazi, enrolado por la izquierda política, de la que tempranamente se desengañó ante la impostura de los intelectuales de esa tribu…Un francés que también honró las tradiciones de su país cultivando el arte del buen vivir en todas sus dimensiones, especialmente la gastronómica, sobre la que escribió su hermoso “Festín de palabras” que para mi vergüenza se lo mostró mi señora, Marta, en nuestra casa en Montevideo, en una vieja edición que teníamos y que resultó tan clandestina que ni él sabía de su existencia… En esa perspectiva humana su presencia física me queda fijada en la memoria la última vez que nos vimos, en el restaurante de la estación de Montparnasse, a donde nos había invitado a almorzar y a la que  llegó en tren,  desde su casa en las afueras, para retomar el ferrocarril después de haber saboreado con fruición varios platos y una multitud de quesos artesanales que fue eligiendo con precisión de coleccionista.

 

Las etiquetas le ubican como conservador aunque su prédica fue en favor de una revolución. Cuando en 1970 escribió “Ni Marx ni Jesús” sostuvo que “La revolución del siglo XX tendrá lugar en los Estados. No puede tener lugar más que allí y ya ha comenzado a desarrollarse. Ella no llegará al resto del mundo si primero no triunfa en la América del Norte”. Para  una intelectualidad, no sólo de izquierda por entonces, que sólo podía conjugar esa palabra con Mao, Fidel, Guevara o alguien de su familia, este libro resultó víctima de todas las maldiciones. En esa obra, sin embargo, Revel mostraba el inmovilismo en que habían caído las llamadas “revoluciones” marxistas, la fuerza que tenía la protesta juvenil en los EE.UU., su formidable capacidad de cambio, y la revolución científica que avanzaba inconteniblemente. En una palabra, eso que hoy llamamos globalización y que por aquellos años  se insinuó para su clarividencia…

 

El tema de la revolución que representa EE.UU fue recurrente y su última obra, “La obsesión anti-americana” , lo retoma 30 años después, a pedido de su editor, justamente para conmemorar ese aniversario. Y allí desmenuza la sobrevivencia de ese sentimiento cuyo “misterio no es la desinformación – la información sobre los EE.UU. es muy fácil de procurar- sino la voluntad de estar desinformado”. Su escalpelo corta  tanto para la izquierda, que arranca de su rechazo al capitalismo, como de la derecha, que se suma a ella en su odio al liberalismo y su envidia a un éxito norteamericano que había dejado bien atrás a una Europa aún atada a sus aristocracias, del rango social o de la intelectualidad pero aristocracias siempre, molestas con la riqueza  de esos primos torpes y de sencillo aire campesino que inexplicablemente aparecían ahora como dueños y señores de la única superpotencia del mundo…

 

Esta prédica de Revel fue un derivado de su combate mayor: la libertad política, el liberalismo como filosofía, en su enfrentamiento a las doctrinas totalitarias, especialmente las marxistas,  y a los Estados socialistas. Toda su obra gira en torno a esa pasión. En “Como terminan las democracias” se conduele, con mirada escéptica, de la manera en que las campañas de mentiras del totalitarismo soviético han minado la resistencia de nuestras democracias. El mismo tema, en otra visión, aparece en “El Conocimiento inútil”, cuya frase inicial es: “La primera de todas las fuerzas que conducen al mundo es la mentira”. Su idea es que habiendo llegado la civilización a una acumulación de progreso científico suficiente como para manejar sus asuntos de un modo razonable para el bienestar general, su conducción sigue orientándose más por el instinto que por la razón. Su alegato va sobre todo contra los intelectuales de los países desarrollados, que al tiempo que siembran constantemente la amargura sobre las injusticias de esas sociedades que aún con  problemas han alcanzado el mayor nivel de la historia humana, enmascaran de qué manera, en el llamado 3er. mundo, ha sido el populismo demagógico un generador de pobreza tan grande como los viejos feudalismos ancestrales. En todas esas obras hay un rigor implacable del razonamiento, apoyado en la evidencia histórica y la documentación precisa, sepultadas ellas, las más de las veces, por el slogan y la difamación de inspiración profundamente anti-liberal en que se suman las variantes más radicales de las aún llamadas izquierda y derecha.

 

Su infatigable lucha- muere a los 82 años- empleó tanto el libro  como el artículo de prensa. Sus años de  “L’ Expres”, entre 1966 y 1981, recogen el pulso de ese siglo XX que llamó de “sombras” cuando tituló la publicación de sus formidables crónicas políticas y literarias. Después de su desencuentro con la emblemática revista, pasó a Le Point, donde compartió con su amigo Claude Imbert puntos de vista y pasiones culinarias, sublimadas por ambos en un célebre menú preparado para La Tour d’ Argent que sólo ellos podían gozar en su voluptuosidad de sabores y comer en su abundancia pantagruélica. El periodismo lo ejerció con rigor, siempre del lado de la libertad política, del lado de las ventajas de la economía de mercado, constantemente desenmascarando imposturas políticas y sobre todo intelectuales. Se desesperaba de que la gente cayera en el error por la desinformación y de ahí su pasión por la divulgación, que lo llevó incluso a publicar su hermosa “Historia de la Filosofía Occidental”, pensada para el hombre común e imaginando que tuviera que explicarle a un solitario compañero de naufragio en una isla desierta qué era la filosofía y sobre qué caminos había transitado el pensamiento de nuestra civilización. Siempre prevenido contra los grandes edificios teóricos afirma que leyendo a Spinoza y Hegel se encontrarán enormes esquemas, pero que si la filosofía “es la búsqueda de la sabiduría y la felicidad, el conocimiento de uno mismo y sus semejantes, el arte de vivir y comprender la vida, se encuentra más satisfacción en ensayistas aforísticos como Nietzsche o Cioran que en los hacedores de sistemas, que más bien parecen fabricantes de falsos muebles antiguos”. Por lo mismo adoraba a Montaigne y, ya en el fin de su jornada, se sentía más escritor que filósofo, convencido de que Kant había dicho, para el gran pensamiento, la última palabra.

 

Nunca congeló la razón con la frialdad del lógico ni le puso a la pasión democrática el desborde del demagogo. Aún sus panfletos, que los escribió también, respiraban razonamiento. Adoraba a Francia, pero también a Italia, a España, a México en el que fue joven profesor de filosofía, a toda nuestra América, en que sentía vibrar la latinidad, su latinidad, la de Montesquieu, la de Tocqueville, la de Raymond Aron; como su liberalismo era socialista en sus fines y su análisis, siempre lo decía, aplicaba más el marxismo que los marxistas, poco materialistas para reconocer una realidad que mostraba el fracaso de la economía planificada y aún menos dialécticos para entender que el mundo sigue cambiando. Y que seguirá cambiando, aunque felizmente nos deje faros encendidos, como el de este pensador, a quien despedimos hoy con la amistad condolida y el vacío de perder al mejor de los combatientes de aquello en lo que más profundamente creemos.
 

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Político. Periodista. Ensayista. Conferencista.

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