

NUNCA MAS DOBLE DISCURSO
Por Julio María Sanguinetti
El Presidente Vázquez un cierto día la emprendió con el calendario cívico del país y resolvió, por mero decreto, que sólo se celebraría el 19 de junio, natalicio de Artigas, relegando así las históricas (y legales) celebraciones del 18 de julio y el 25 de agosto. Ese 19 de junio se haría el único desfile del año.
A esa decisión muy poco fundada, le añadió luego que ese día, además, se haría una afirmación de “Nunca más”, con relación a todas las formas de violencia que el país había sufrido. No parecía muy lógico mezclar a Artigas en nuestras contiendas contemporáneas, pero si se trataba de realizar un acto de reconciliación nacional en que todos participáramos, podría adquirir un sentido.
Desgraciadamente, se instaló de inmediato una polémica y desde la izquierda radical se proclamó que jamás aceptarían equiparar la violencia del “terrorismo de Estado” con la rebelión guerrillera que desde 1963 asoló el país.
El Presidente dio entonces otra vuelta de tuerca, suprimió el desfile y estableció, sin mayor claridad, que el Nunca Mas era un pronunciamiento contra el “terrorismo de Estado”. En una palabra, intentaba transar con sus radicales, que tampoco se dieron por satisfechos porque no están dispuestos a renunciar a la reivindicación permanente de la guerrilla armada que inauguró en el país la violación sistemática de los derechos humanos, mediante el asesinato y el secuestro, y el ataque a unas instituciones democráticas que pretendían sustituirse por los principios de la revolución cubana, tomada por ejemplo.
Para endulzar el trago amargo de la nueva voltereta se mezcló el 19 de junio artiguista y el Nunca Mas, con un una renuncia a una personal postulación reeleccionista , asumida en medio de irónicos comentarios sobre presuntos preocupados políticos por su decisión. Más allá de abaratarla con ese modo de comunicar su actitud, resultó evidente que se volvieron a mezclar las cosas, en lo que es una evidencia rotunda: el gobierno llegó con el doble discurso, habita el doble discurso y a través de ese medio equívoco, continúa dividiendo a la sociedad uruguaya .
Afirmó que buscaría ponerle punto final a las contiendas del pasado y sólo ha hecho reabrir heridas.
Se comprometió a cumplir la pacificadora ley de caducidad, ratificada popularmente, y todos los días la perfora. Mientras tanto, no detiene definitivamente el ilusorio intento de sectores frentistas que insisten en una “anulación” de esa ley, cuando esa posibilidad no existe en nuestro sistema jurídico.
Le prometió a los familiares de desaparecidos que llegaría hasta el final en sus investigaciones y lleva ya tres intentos de “punto final”, el último de los cuales fue este último, en que anunció que dejaba el Estado de buscar restos de desaparecidos, y ahora –aparentemente- retrocede ante el griterío de quienes se sienten engañados.
Como mando superior de las Fuerzas Armadas, se comprometió a que haría investigaciones conforme al art. 4 de la Ley de Caducidad, pero que nadie sería juzgado, y es notorio que esto fue también rebasado. El señor Presidente tuvo que oír en silencio de su recién designado Comandante en Jefe una dura admonición en las celebraciones de la Batalla de las Piedras
El resultado de todo este permanente doble discurso es que en vez de unir a la sociedad uruguaya, la fragmenta aún más. Al punto que el Presidente convoca a que le sigan quienes quieran y partidos que integran el Frente Amplio organizan una contramarcha. A su vez, militares retirados de un lado y familiares desaparecidos del otro, expresan su contradictoria indignación, unos porque no se reconocen los crímenes de la violencia guerrillera y otros porque se la compare con la violencia de la dictadura. Los partidos democráticos, por su parte, tampoco muestran unanimidad y hay ciudadanos de buena fe que se adhieren a la convocatoria, como expresión de un deseo fervoroso que anima a la sociedad uruguaya de poder mirar hacia este futuro que nos desafía, mientras relegamos nuestras viejas luchas a la páginas de la historia.
Comprendemos ese deseo, pero no podemos compartir una convocatoria que no sincera actitudes, que busca transacciones imposibles en temas particularmente sensibles para la sociedad y que reclaman otra claridad y fuerza moral. Quienes estuvimos hace 45 años en la primera línea enfrentando a una rebelión armada que pretendió destruir la democracia y que con la misma convicción enfrentamos hace 34 años a la dictadura, no podemos aceptar que hoy –todavía- se quiera manipular los sentimientos populares por medio de parodias publicitarias.
La ejemplar transición pacífica que le permitió al Uruguay recuperar, a partir de 1985, la plenitud de su democracia, se hizo sobre la base del perdón general, de la generosidad de espíritu para con los errores de todos, de preservar la memoria –deber imprescindible- pero clausurar la etapa de los odios y las revanchas. Hoy más que nunca anhelamos que ese espíritu vuelva a presidir la vida nacional, que los titulares del odio queden de costado con sus sentimientos y que las instituciones del país y sus grandes mayorías cívicas, de cualquier filiación, gocen de la paz, desplazando para siempre de su corazón el recurso de la violencia, de toda violencia sea en nombre de lo que sea. Pero eso así, hablando claro, que es el único modo de entendernos.
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Político. Periodista. Ensayista. Conferencista.
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